Fui a tu casa. Por supuesto que no estabas. Me colé. Seguías sin estar allí. Me tumbé entre tus sábanas, que aún olían a ti. Miré al techo desde tu cama, poniendo mis ojos donde siempre estaban los tuyos. También rebusqué entre tus cajones. Seguía sin encontrarte. Aunque sí encontré calcetines rotos, vísceras y entretelas.
Entonces alguien abrió la puerta, eras tú. Podías verme al final del pasillo, en el dormitorio. Te acababa de encontrar, pero esa misma era tu perdición. En ese momento corrí hacia ti, me abalancé y devoré tu sangriento corazón.
Relatos
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miércoles, 8 de marzo de 2017
Tragicomedia
Despegó el cohete únicamente con nosotros a bordo, dirigiéndonos hacia el vacío y saturado espacio interior. Dos astronautas hacia un satélite desolado y virgen en el que ningún país antes había dejado su bandera. Fue fácil el llegar, lo difícil fue defender nuestra fortaleza de cristal.
Dejé mi huella sobre la arena gris y el polvo estalló por los aires en la gravedad cero. Me costaba moverme, mis articulaciones aún no habían asimilado que aquí, las reglas de la naturaleza diferían. Nuestras manos, soldadas a fuego lento, desafiando todas las leyes de la física y de lo físico, empujaban nuestros cuerpos inertes en un mar de incertidumbre y angustia. Teníamos una misión clara y concisa mandada desde el planeta Tierra: debíamos mantener los pies sobre el suelo.
Sin embargo, factores como la ingravidez, las idas y venidas, las tormentas, unas veces de cal y otras de arena, los te quiero pero no puedo, los cráteres del día a día, la oscuridad de la cara oculta, las pérdidas de conexión con la estación central o dejarnos llevar, dificultaron finalmente la labor de completar nuestro cometido con éxito.
Sí, naufragamos. Nos hundimos en nuestro propio barro. Nos estrellamos, nos quebramos y nos desmoronamos. Nos convertimos en los desechos que nunca quisimos ser. Quemados, abrasados, calcinados y carbonizados. Reducidos a polvo por el afilado hielo con el que acostumbrábamos a protegernos de los peligros que acechaban en aquel inhóspito lugar, encontrando en él un refugio al que aferrarnos. Rotos, destrozados y despedazados.
No obstante, nunca fracasamos. Aprendimos a flotar, a recomponernos, a reconstruirnos. A volver a ser y no ser. A resurgir de las cenizas y a solidificarnos. A saber que nuestros caminos nunca volverían a ir de la mano, y que sin embargo en algún momento tenían que haberse cruzado para caer en el error.
Acierto y error. Tropezarse con la misma piedra y volver a levantarse. Reconocer que me equivoqué y que te equivocaste. Tú y yo. Cada cual más infinito, cada cual más caótico. Ambas caras de la Luna. Polos opuestos de un mismo iceberg. Compañeros de travesía en un transatlántico con final trágico.
Dejé mi huella sobre la arena gris y el polvo estalló por los aires en la gravedad cero. Me costaba moverme, mis articulaciones aún no habían asimilado que aquí, las reglas de la naturaleza diferían. Nuestras manos, soldadas a fuego lento, desafiando todas las leyes de la física y de lo físico, empujaban nuestros cuerpos inertes en un mar de incertidumbre y angustia. Teníamos una misión clara y concisa mandada desde el planeta Tierra: debíamos mantener los pies sobre el suelo.
Sin embargo, factores como la ingravidez, las idas y venidas, las tormentas, unas veces de cal y otras de arena, los te quiero pero no puedo, los cráteres del día a día, la oscuridad de la cara oculta, las pérdidas de conexión con la estación central o dejarnos llevar, dificultaron finalmente la labor de completar nuestro cometido con éxito.
Sí, naufragamos. Nos hundimos en nuestro propio barro. Nos estrellamos, nos quebramos y nos desmoronamos. Nos convertimos en los desechos que nunca quisimos ser. Quemados, abrasados, calcinados y carbonizados. Reducidos a polvo por el afilado hielo con el que acostumbrábamos a protegernos de los peligros que acechaban en aquel inhóspito lugar, encontrando en él un refugio al que aferrarnos. Rotos, destrozados y despedazados.
No obstante, nunca fracasamos. Aprendimos a flotar, a recomponernos, a reconstruirnos. A volver a ser y no ser. A resurgir de las cenizas y a solidificarnos. A saber que nuestros caminos nunca volverían a ir de la mano, y que sin embargo en algún momento tenían que haberse cruzado para caer en el error.
Acierto y error. Tropezarse con la misma piedra y volver a levantarse. Reconocer que me equivoqué y que te equivocaste. Tú y yo. Cada cual más infinito, cada cual más caótico. Ambas caras de la Luna. Polos opuestos de un mismo iceberg. Compañeros de travesía en un transatlántico con final trágico.
sábado, 3 de septiembre de 2016
Manifiesto a un cabrón
Finalmente la burbuja en la que he vivido desde hace meses se ha roto. Ahora lo veo todo desde otra perspectiva, sin nadie jugando conmigo; ahora el aire es menos denso y no me ahogo. Quizá este sea el final de una gran farsa y el principio de la reconstrucción.
A ti, a quien dediqué tantas palabras sinceras, a quien me hizo sentir la enormidad, a quien marcó un antes y un después en mis días. Jugaste con la eterna confianza y libertad que deposité en ti. Las aplastaste y las retorciste como si de tus jodidas marionetas se tratasen. No puedo distinguir la verdad de lo que fue mentira, ni la mentira de lo que fue verdad; pero tampoco quiero.
Se acabó todo. Se acabó el arriesgarlo todo por ti; se acabaron las noches sin dormir, mi cuerpo pensando en el tuyo. Adiós a esos días en los que aún quería volver a sentir el roce de tus labios, incluso cuando ya todo había acabado. No vuelvas más: no te lo he pedido.
Me doy cuenta de todo aquello que había enterrado en mi interior por miedo a que esa fuese la realidad. Y ahora ya lo sé: la realidad es que fui tan tonta por querer ser feliz, entregándome a una felicidad efímera, que me cegué al mundo que me rodeaba.
En este manifiesto me doy las gracias. Sí, a mí, no a ti. Por ser capaz de eliminar de mi vida a las personas tóxicas; por no abandonar mi propio camino hacia mi objetivo de libertad; por saber aprender de todos y cada uno de mis errores. Este ha sido uno, una pena que no hayas conseguido aplastarme, no supiste con quien te topabas: nada más y nada menos que con la persona más fuerte de pie sobre la faz de la tierra.
Espero que todas esas otras supieran bien, cabrón.
A ti, a quien dediqué tantas palabras sinceras, a quien me hizo sentir la enormidad, a quien marcó un antes y un después en mis días. Jugaste con la eterna confianza y libertad que deposité en ti. Las aplastaste y las retorciste como si de tus jodidas marionetas se tratasen. No puedo distinguir la verdad de lo que fue mentira, ni la mentira de lo que fue verdad; pero tampoco quiero.
Se acabó todo. Se acabó el arriesgarlo todo por ti; se acabaron las noches sin dormir, mi cuerpo pensando en el tuyo. Adiós a esos días en los que aún quería volver a sentir el roce de tus labios, incluso cuando ya todo había acabado. No vuelvas más: no te lo he pedido.
Me doy cuenta de todo aquello que había enterrado en mi interior por miedo a que esa fuese la realidad. Y ahora ya lo sé: la realidad es que fui tan tonta por querer ser feliz, entregándome a una felicidad efímera, que me cegué al mundo que me rodeaba.
En este manifiesto me doy las gracias. Sí, a mí, no a ti. Por ser capaz de eliminar de mi vida a las personas tóxicas; por no abandonar mi propio camino hacia mi objetivo de libertad; por saber aprender de todos y cada uno de mis errores. Este ha sido uno, una pena que no hayas conseguido aplastarme, no supiste con quien te topabas: nada más y nada menos que con la persona más fuerte de pie sobre la faz de la tierra.
Espero que todas esas otras supieran bien, cabrón.
domingo, 17 de julio de 2016
Cigarillos
"Simplemente no podemos vivir por nada, siempre hay algo que te proporciona esas fuerzas que necesitas para lograr tus objetivos", declaró él.
"No lo entiendes, yo no tengo objetivos, no tengo nada por lo que vivir, así que vivo por nada", sentenció ella.
Aquella era un conversación entre dos desconocidos. Ella, cargaba demasiado en sus espaldas. Él, demasiado poco. Sólo hacía unas horas desde que se habían conocido; sólo quedaban ellos entre los reunidos. Ellos y los restos de vodka en sus alientos. Restos de una reunión de conocidos desconocidos.
Ambos quedaron callados, tumbados sobre el césped de aquel parque desierto. De una mano a otra circulaba un cigarrillo que compartían a medias.
"Y tú qué, ¿fumas?", le había preguntado él mientras sacaba una cajetilla de cigarillos. De los baratos, claro. Los lujos eran para otra clase de personas. Adultos con trabajo, por ejemplo.
"Sí bueno, alguna vez que otra, ya sabes, cuando alguien te ofrece nunca lo puedes rechazar", mintió ella. La más absoluta verdad era que ella nunca había fumado. Jamás en la vida. Verdaderamente, las personas de su entorno sí lo hacían, pero ella había rehusado de caer en lo mismo que ellos. No era consciente de por qué había soltado aquellas palabras por su boca, simplemente salieron, pero ahora que lo había hecho no había vuelta atrás.
Compartieron un cigarillo. Y un silencio. Y otro trago de vodka. Y luego sus visiones de la vida. Y él sus sueños, y ella sus pesadillas. Y se dieron cuenta de que eran la luna y el sol, pero que sus engranajes encajaban entre sí. Y primero pequeños roces. Y luego se hundieron uno en la piel del otro. Y sus labios entumecidos. Y su excitación posaba para los mejores pintores franceses. Y fueron la luz más fogosa en el gélido cosmos.
Finalmente él se marchó. Pero ella nunca lo hizo. Ella nunca terminó de abandonar aquel parque inhóspito en el que ahora residían sus monstruos.
lunes, 27 de junio de 2016
Sábanas de febrero y besos de viernes 12
Hay una frase de una canción indie, sí, una de esas que me gustan tanto y que tú odias pero que sin embargo siempre pones cuando estamos juntos, que dice algo así como "nuestro amor fue hecho para las pantallas de cine". Y créeme si te digo que en mi mente somos película de culto.
Páginas y páginas en blanco hablándote sin hablarte, y esta vez sólo hicieron falta tres palabras y dos signos de interrogación:"¿A qué hora?". "Ahora mismo". Para la complejidad del ser humano, a veces resultamos inhumanamente sencillos.
Sábanas de febrero y besos de viernes 12. Tú y yo, enredados el uno con el otro: nuestros cuerpos; nuestros labios. Así comenzaban nuestros fines de semana: en tu casa, sedientos el uno del otro, por una vez soltándonos de cuerdas y cadenas, saboreando nuestro pequeño e inmenso momento. Hace tiempo que perdí la cuenta de los días y todavía sigo sin saber cómo describir la sensación de que me abraces.
Pusimos The Magnetic Fields y dejamos que la música se colara entre nosotros."Nothing matters when we're dancing", te cantaba mientras intentaba que no fuera demasiado evidente que no me sabía la letra con sonidos y palabras sueltas. Me gusta suicidarme musicalmente: ya sabes, relacionar canciones contigo. La cleptomanía de recuerdos debería estar penada con cadena perpetua.
Creamos universos paralelos, alcanzamos la velocidad de la luz y dibujamos constelaciones, uniendo los puntos de tu espalda en líneas semirectas: y digo semiporque no parabas de moverte.
Y en ese momento nos sentimos más arte que nunca, porque cogiste lo efímero y lo transformaste en eterno en forma de fotografía. En mi lista de primeras veces, tu nombre figura en el apartado de "ser vista a través de un objetivo con los ojos de un loco", porque siento darte esta terrible noticia, pero estamos locos el uno por el otro; porque esa forma de mirarme que tienes me llevó a la demencia. Desde entonces vivo enamorada de esas fotografías. Dementemente enamorada.
Y llegar tarde siempre por entretenernos entre besos. Entre besos y abrazos, y caricias, y sonrisas...
Podría contar con los dedos de las manos las ocasiones en las que me puedo permitir dejarme llevar por la impulsividad, pero admito que esta vez lo hice. Mientras me acompañabas devuelta a la realidad, nos cogimos de la mano y corrimos cuesta abajo sin pensar en los límites de velocidad o en los límites de la cordura. "Míralos, pobres ingenuos, son felices", habrían dicho muchos. Pero seguimos corriendo, juntos de la mano, para sentirnos libres aunque sea a pequeñas dosis, quedando exhaustos sin quedar exhaustos el uno del otro. Son nuestras respiraciones entrecortadas las que me quitan el aire.
Páginas y páginas en blanco hablándote sin hablarte, y esta vez sólo hicieron falta tres palabras y dos signos de interrogación:"¿A qué hora?". "Ahora mismo". Para la complejidad del ser humano, a veces resultamos inhumanamente sencillos.
Sábanas de febrero y besos de viernes 12. Tú y yo, enredados el uno con el otro: nuestros cuerpos; nuestros labios. Así comenzaban nuestros fines de semana: en tu casa, sedientos el uno del otro, por una vez soltándonos de cuerdas y cadenas, saboreando nuestro pequeño e inmenso momento. Hace tiempo que perdí la cuenta de los días y todavía sigo sin saber cómo describir la sensación de que me abraces.
Pusimos The Magnetic Fields y dejamos que la música se colara entre nosotros."Nothing matters when we're dancing", te cantaba mientras intentaba que no fuera demasiado evidente que no me sabía la letra con sonidos y palabras sueltas. Me gusta suicidarme musicalmente: ya sabes, relacionar canciones contigo. La cleptomanía de recuerdos debería estar penada con cadena perpetua.
Creamos universos paralelos, alcanzamos la velocidad de la luz y dibujamos constelaciones, uniendo los puntos de tu espalda en líneas semirectas: y digo semiporque no parabas de moverte.
Y en ese momento nos sentimos más arte que nunca, porque cogiste lo efímero y lo transformaste en eterno en forma de fotografía. En mi lista de primeras veces, tu nombre figura en el apartado de "ser vista a través de un objetivo con los ojos de un loco", porque siento darte esta terrible noticia, pero estamos locos el uno por el otro; porque esa forma de mirarme que tienes me llevó a la demencia. Desde entonces vivo enamorada de esas fotografías. Dementemente enamorada.
Y llegar tarde siempre por entretenernos entre besos. Entre besos y abrazos, y caricias, y sonrisas...
Podría contar con los dedos de las manos las ocasiones en las que me puedo permitir dejarme llevar por la impulsividad, pero admito que esta vez lo hice. Mientras me acompañabas devuelta a la realidad, nos cogimos de la mano y corrimos cuesta abajo sin pensar en los límites de velocidad o en los límites de la cordura. "Míralos, pobres ingenuos, son felices", habrían dicho muchos. Pero seguimos corriendo, juntos de la mano, para sentirnos libres aunque sea a pequeñas dosis, quedando exhaustos sin quedar exhaustos el uno del otro. Son nuestras respiraciones entrecortadas las que me quitan el aire.
La teoría del caos entre planetas
Por volverse locos, hasta la meteorología había notado nuestro aleteo. Nuestro propia teoría del caos de los planetas. 18ºC y sólo un fino jersey. Más que diciembre aquello parecía el festival de distorsionar las estaciones. Pero bueno, a nosotros siempre nos sobra la ropa.
Teníamos la playa para nosotros solos, el mundo, pero preferimos conformarnos con un par de pancakes, tú Colacao y yo café, en la mítica cafetería del pueblo recién reformada de aires vintage. Lo siento, soy una sofisticada sin remedio. 16 de diciembre y tú mirándome como sólo se mira un cuadro de Van Gogh.
Pero hay una parte de la historia que nunca te he contado; ya sabes, tengo que aprender a canalizar mis sentimientos y emociones. Y es que yo ya había estado allí, en ese mismo lugar, solo que dos meses menos un día antes. Y aunque estabas ausente, fuiste el motivo por el que mis mejillas se tiñeran de rosa. Mis malditas mejillas siempre delatándome.
Invadiste mis sueños y pesadillas, aplastaste mis ánimos y saturaste mi mente, y nunca te lo perdonaré. Necesitaba terapia, pero no cualquier terapia, sino terapia de chicas, así que allí vino ella al rescate para salvarme de la mierda en la que me habías hundido.
Nos sentamos en la esquina más alejada, porque ya sabes, tenemos predilección por las esquinas; yo me quedé con el banco acolchado de la pared y ella se conformó con la silla. A veces debería plantearme lo de ser mejor persona. Y pedimos un par depancakes cada una, ella un batido de chocolate y yo otro café, porque ser sofisticada es muy duro. Nos reímos por las mayores tonterías que hayan pisado este mundo e intenté posponer el momento hasta que ya no pude más. Ella me miró con ojos de "confiesa maldita" y mi escudo de fortaleza se vino abajo. A veces creo que debería mejorar mi sistema de defensa propia.
Y a la muy canalla se le iluminaron los ojos de entusiasmo cuando se lo solté todo. Era la primera vez que aquellas palabras salían por mi boca; la primera vez que fui consciente de los huracanes que provocas en mi estómago. Pero mi tortura no fue suficiente. Me sentí culpable por aceptar que mis sentimientos eran reales; me sentí mal por aceptar que yo también soy humana.
Y en alguno de esos momentos, te hiciste real. Después de vomitar aquellas palabras, tenías sonido y forma. Y qué sonido y forma tenías. Maldita sea. Y sí, admito que, en contra de mi voluntad, comencé a imaginarme este momento; pero mierda, me echaba a temblar cada vez que pensaba en ti y en la maldita explosión que produces en mi interior.
Y a la muy canalla se le iluminaron los ojos de entusiasmo cuando se lo solté todo. Era la primera vez que aquellas palabras salían por mi boca; la primera vez que fui consciente de los huracanes que provocas en mi estómago. Pero mi tortura no fue suficiente. Me sentí culpable por aceptar que mis sentimientos eran reales; me sentí mal por aceptar que yo también soy humana.
Y en alguno de esos momentos, te hiciste real. Después de vomitar aquellas palabras, tenías sonido y forma. Y qué sonido y forma tenías. Maldita sea. Y sí, admito que, en contra de mi voluntad, comencé a imaginarme este momento; pero mierda, me echaba a temblar cada vez que pensaba en ti y en la maldita explosión que produces en mi interior.
Aquella tarde en la que tú y yo compartimos pancakes había salido a hacer fotos del atardecer en la playa. Se suponía que debía estar en otro sitio intentando ser una persona de provecho, pero allí me encontraba, tirada en la arena, cámara en mano, mientras los últimos rayos de luz terminaban de disiparse. Digamos que terminé con un buen arsenal de material fotográfico; sin embargo, la que más me gusta de todas, mi favorita, es la que más tarde te hice con la cámara de mierda de mi móvil mientras, en la barra de la cafetería, pagabas por mí.
Así que supongo que es verdad eso de que el mundo está conectado. Casualmente, 77 días antes de este encuentro, estaba en aquel mismo lugar, tomando lo mismo, y tú en mi cabeza con forma de tormenta tropical. Sin embargo, esta vez era tú el que estaba enfrente mía, y te diré que nuestros cuerpos gritaban al compás de los seísmos de nuestros latidos. Supongo que me gusta identificarte con desastres naturales; será que es así como me haces sentir.
Queridos Reyes Magos
Queridos Reyes Magos:
Atentamente,
una ciudadana de su propio planeta.
Ya sé que últimamente hemos perdido el contacto y que resultaría una insolencia por mi parte que, después de tanto tiempo, volviera a vosotros solo para mi propio interés, pero, si me lo permitís o incluso si no, me voy a tomar la libertad de hacerlo. Seamos políticamente incorrectos por una vez.
Han pasado ya siete años desde que nos escribimos por última vez. Siete largos años. Ni os imagináis cuánto ha cambiado todo. Ahora, en mis cumpleaños, la tarta lleva siete velas más, mis preocupaciones han pasado de "con qué juguete jugaré hoy" a "con cual de mis emociones jugarán hoy", he sustituido maquillar a las muñecas por maquillar mis sentimientos, he aprendido a dibujar sin salirme de las líneas y que lo importante de competir no es participar, que las personas vienen y van y vuelven a venir, que hay lugares que se siente como un hogar incluso aunque nunca los hayas pisado, que hay quien no merece la pena y quien merece la infinidad, que no eliges a quien amar ni quien te ama te elige a ti, que las emociones fuertes son las que marcan la diferencia, que la vida no es una suma de casualidades, sino el resultado de tus propias decisiones.
Ahora vivo en mi propio planeta porque me cansé de un mundo donde todo tiene fecha de caducidad. Más concretamente, ahora vivo en el país más pequeño que jamás exista, aquel que termina donde lo hacen mis pies. Me mudé porque aquí vivir, soñar, amar, sentir y sobretodo, ser feliz, se consideran verbos de necesidad básica.
Os escribo para pediros que no dejéis que nada ni nadie se vuelva a llevar mi ilusión. Nunca más. Sí, esa misma ilusión con la que cada 5 de enero os esperaba impaciente desde la profundidad de mis sueños mientras un nuevo día asomaba cargado de regalos bajo el árbol que pronto daría en desuso y dejarían de tener todo el valor que alguna vez les pude dar.
A vosotros, que sois magos, os pido un poco de vuestra magia que me haga volver a creer en las hadas y en los monstruos que habitan bajo la cama. También os pido un poco de magia para volver a creer en la humanidad, corrompida por muertos vivientes, criaturas de la oscuridad y demás seres que se alimentan de toda energía positiva. A ellos, llevadle un poco de todo lo que yo he sido capa de encontrar. A mí, la tranquilidad de saber que aún quedan formas de arreglar este desastre llamado Tierra.
Atentamente,
una ciudadana de su propio planeta.
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